4 diciembre 2002
Arousa pelea con
las manos desnudas
Nadie se prestó a una fotografía demagógica, ayer,
en la boca de Arousa. Cuando el fuel por fin apareció, haciendo
buenos los peores presagios y echando por tierra los analgésicos
discursos oficiales, mantenidos contra viento y marea hasta el último
momento, entonces sólo un puñado de mariscadores y pescadores
le estaban esperando. Ninguna ocasión mejor para arrimar el hombro
en la tarea titánica, casi imposible, que quedaba por delante:
frenar la destrucción de la primera reserva marina de Galicia.
Pero no. Sola, como siempre, organizándose por su cuenta y riesgo,
recogiendo la muerte negra con uñas y dientes, la gente del mar
hizo su trabajo lejos de los despachos de Santiago y Madrid.
La mañana empezó mal. Las noticias
volaban entre las emisoras de las pequeñas embarcaciones, repartidas
en dos frentes, al norte y al sur de Sálvora, la isla que cierra
la ría. La principal mancha enfilaba el rumbo de Bueu y apuntaba
hacia Vigo y las Cíes. Pero una multitud de pequeñas extensiones
de fuel, apenas puñados en algunos casos, hasta cinco y seis metros
de pestilente hidrocarburo en otros, se colaban en el canal de navegación.
Como sus bisabuelos
Frente a Sálvora, apenas a una milla, uno
de esos buques cuyo lujo ni Galicia ni España pueden permitirse,
el belga Union Beaver hacía lo que podía con los residuos
de mayores dimensiones. El resto quedaba, literalmente, en manos de un
centenar de barcos mejilloneros y otras tantas gamelas, unas diminutas
lanchas en las que tripulaciones formadas por tres hombres se dejaban
el pellejo y el aliento con los mismos medios de los que podrían
haber dispuesto sus bisabuelos: trueles, rastrillos, horquillas y sus
puños crispados.
Los bateeiros recogían el mejillón
a toda prisa para descargar en los muelles y dirigir sus barcos hacia
O Grove y Aguiño, junto a sus compañeros. Alguno arañaba
el que quizás fuese el último centollo de la temporada.
El momento de la previsión, de hacer acopio de recursos y de buscar
la coordinación oficial en un operativo meditado había pasado
de largo.
En la playa es posible dar media vuelta y esconderse
entre cuatro paredes. En el mar, cuando el fuel entra por los ojos y las
narices y se multiplica hasta la náusea, no hay alternativa. Las
llamadas a la prudencia, al pertrecho bajo medidas de seguridad, el guante
y la mascarilla, no sirven cuando el pan y la vida están en juego
y sólo el propio esfuerzo se interpone en el avance del desastre.
Ayer, en la ría de Arousa, se limpió chapapote donde había
que hacerlo, en el agua, antes de que la mortífera carga del Prestige
golpease la costa. Y se hizo a pulmón descubierto, sin mascarillas,
sin guantes cuando por desgracia fue necesario, a pura mano y a puro nervio.
Cartones de leche
No había ningún loco. Cada vez que
una nueva embarcación se unía a la lucha, la exigencia era
la misma: «¿Tedes mascarillas? Chamade pola radio, pedide
máis, aquí hai xente que xa se está a poñer
mal». Eran las tres de la tarde. Muchos de los hombres cumplían
su séptima hora entre los pegajosos vertidos. Y la falta de la
más básica de las protecciones se suplió con las
mismas recetas que podrían haber recomendado sus bisabuelas: en
pleno siglo XXI, una planeadora repartía cartones de leche entre
los trabajadores para evitar una intoxicación cantada. Difícil
imaginar recurso más rudimentario.
Tiempo para las aves
Poco a poco, un gris oscuro fue tiñendo cielo
y mar con la amenaza del temporal. Las gamelas cabalgaban olas de cuatro
metros con Sálvora y Ons a la vista, dos de las islas del primer
parque nacional de Galicia, el de las Illas Atlánticas, que nace
bajo la lacra del fuel. A pesar de ello, el horizonte se mostraba huérfano
de dispositivos de Medio Ambiente. Ni para intentar proteger el espacio
teóricamente protegido, ni para recoger a las aves que nadaban
entre el chapapote. Una vez más, eran los mariscadores quienes
se encargaban de retirar del mar a mascatos y paíños cubiertos
de un manto letal. «¿Ides a terra? Levádeos e chamade
para que os recollan; están moi mal». El Carlitos , un barco
del Aquarium de O Grove, asumió el traslado. Ya en el muelle, un
solitario funcionario explicaba que la consellería estaba desbordada:
«É que case non temos barcos». Mientras, las emisoras
rugían pidiendo depósitos para los residuos. Todo valía,
desde contenedores para el reciclaje de basura hasta capachos de almejas.
Ni previsión oficial, ni demagogia. En la ría, sólo
trabajo descarnado.
Serxio González (RÍA DE AROUSA) |