19
Enero 2003
La cúpula del PP
cierra filas en torno a Fraga cuatro días después de destituir
a Cuíña
«No
sé nada de todo esto, si supiera algo se lo diría».
El presidente de la Diputación de Lugo, Francisco Cacharro Pardo,
respondió así a este periódico en la convención
del PP celebrada en Madrid al ser preguntado por el alineamiento de su
homólogo en Ourense, José Luis Baltar, con el defenestrado
Xosé Cuíña. El barón lucense, a diferencia
del ourensano, ha optado por mantenerse al margen de la refriega. Y se
ha encargado de escenificarlo para que no quepa ninguna duda. Para empezar,
acudió a la convención de su partido en Madrid, como si
no pasara nada, a diferencia de Baltar, que se quedó en Galicia.
Y, además, no se le ha escapado ningún gesto público
de aprecio a quien fuera su principal aliado en el PPdeG durante más
de una década.
La posición
del lucense tranquilizó ayer tanto a la cúpula del PP como
a las bases del partido. «Si Cacharro se une a Cuíña
y Baltar, habría problemas», se reconocía sin tapujos
en los pasillos del palacio de Congresos y Exposiciones de Madrid. Así
las cosas, el desafío lanzado el sábado por el entorno del
ex conselleiro y por el presidente de la Diputación de Ourense,
que acusaron de traición al secretario xeral del PPdeG, Xesús
Palmou, se ha quedado, por el momento, en un amago de rebelión
en el seno de los populares gallegos. Palmou insistió ayer en que
en el PP «no hay ni traiciones ni venganzas; en el PP hay unidad
y todos estamos defendiendo los intereses de Galicia».
En el seno
del PPdeG se interpreta la huida hacia adelante del que fuera delfín
de Fraga como «una equivocación». «No se puede
dar a escoger entre Cuíña y Palmou, porque detrás
de Palmou está Fraga y se obliga a la gente a estar o con Cuíña
o con Fraga», señalaron fuentes del partido en Galicia. El
desafío del entorno del ex conselleiro tampoco se entiende en vísperas
de una cita trascendental para el futuro del PP gallego como son las próximas
elecciones municipales, en las que los populares, tras las crisis del
petrolero Prestige, se enfrentan a un desgaste que comienza a preocupar
en la cúpula del partido.
Mientras,
en el entorno del ex conselleiro se sigue explicando la destitución
como el resultado de una operación fraguada por sus enemigos dentro
del PP. «Ha sido víctima de una conspiración»,
sentenciaron personas próximas a Xosé Cuíña.
Alguien ha intentado hacer ver en Génova que el ex conselleiro
iniciaba un pulso con la cúpula del PP nacional, estrategia que
habría comenzado el 1 de diciembre en el sonado Consello extraordinario
de la Xunta en el que el de Lalín planteó a Fraga que el
Ejecutivo autónomo tomara la iniciativa en la crisis del Prestige
al margen de Madrid, apuesta compartida por conselleiros como Jesús
Pérez Varela, Juan Miguel Diz Guedes y Aurelio Miras Portugal.
Entretanto,
Manuel Fraga se subía ayer a la tribuna de oradores del Palacio
de Congresos con la satisfacción reflejada en su rostro. Su gesto
tenía un motivo. Desde que entró en el recinto no recibió
más que muestras de apoyo de todo el PP. Cuando subió al
estrado, tuvo que comenzar a hablar dando un grito de «¡orden,
orden!» para hacer callar el ensordecedor aplauso de un auditorio
puesto en pie.
El propio
José María Aznar lo puso como «ejemplo de entrega
y dedicación» y recordó que el plan integral de futuro
para Galicia se concretará antes de que acabe el mes. La alcaldesa
de Valencia, Rita Barberá, comenzó su intervención
con un «estamos con usted, don Manuel; y con usted, estamos todos
con Galicia». Además, el secretario general del PP, Javier
Arenas, añadió que «el tiempo pone a cada uno en su
sitio» y que el presidente de la Xunta «no se merecía
el trato que le han dado».
A pesar de
que la remodelación de su Gobierno es una de las consecuencias
de la catástrofe del Prestige, y está relacionada con la
noticia de que una empresa de la familia Cuíña vendió
a otra firma material para la regeneración y limpieza de playas
que al final acabó comprando la compañía pública
Tragsa, el presidente fundador del PP insistió en la ausencia de
conflictos internos. «No hay crisis de ninguna clase, gracias a
Dios», señaló.
Ya en otro
registro, Fraga cerró su intervención con una apelación
a poderes menos temporales: «Os ofrezco el testimonio de mi
lealtad acrisolada, una gratitud infinita y la esperanza en que Santiago,
patrón de las Españas, nos ayudará. Él, que
también tuvo un momento de desaliento, lo recuperó a los
pies de la Virgen del Pilar».
(Redaccion
La Voz)
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